Me llamo Ana y si estás leyendo esto es que ya no existo.
Es difícil empezar
cuando este es el final. Se que hay gente que nunca consigue ser feliz, la vida
no está hecha para ellos, siempre cargando con un peso y un dolor dentro que impide cualquier intento
de salir adelante yo soy una de ellas. No recuerdo haber sido feliz, ni
siquiera lo he intentado demasiado, acepte hace mucho tiempo que eso era algo
inalcanzable. Lo único que me hacía levantarme por las mañanas y poder con
estos escombros en los que me he convertido ya no está, ellos se lo llevaron. Sé
que lo hacen por su bien y creo que tienen toda la razón pero resulta irónico
que al darle una vida mejor me quitaron las pocas ganas de vivir que tenía yo. El
será feliz podrá ser por fin un niño normal , no tendrá que esconderse por las
noches debajo de su cama por miedo a que el “hombre malo” entre a por él, ni
preguntarse porque su padre se mete en la cama de su hermana por las noches y
ella llora desconsolada después. Sus dos ojos marrones quiero que sea el último
pensamiento que pase por mi cabeza antes de marcharme.
También quiero pensar en Mama aquella mujer vitalista y optimista a la que
la luz se le ha apagado. Ahora no es más
que un cuerpo cansado y enfermo que lucha por
mantenerse con vida. La admiró. Ojalá yo hubiera sido como ella, que
pese a estar en un cama postrada desde
hace meses, en los pocos momento que tiene de lucidez aún puede sonreír
a sus hijos. Pero la enfermedad y los calmantes no la dejaban muchos momentos
de esto y yo nunca he sido capaz de contarle lo que pasa a su alrededor, me
limito a poner una sonrisa forzada y decirle que está todo bien.
Aunque no quiera seguro que mi padre también aparecerá en
mis últimos recuerdos. Aún me cuesta pensar en el como lo que es ahora y no
como aquel hombre que era antes de perder su placa, media pierna y todo atisbo
de humanidad. Un policía entregado a su trabajo que llegaba a casa y aún tenía
tiempo de jugar con su princesa como le gustaba llamarme. Ahora de eso no queda
nada, un borracho violento y abusador que solo piensa en autodestruirse y
destruye con ello a los que estamos a su alrededor. Quizás si me hubiese
atrevido hacer algo para alejarlo de nosotros a mi hermano no se le hubieran
llevado los servicios sociales y yo no estaría a punto de terminar con mi vida.
Pero pese a todo le quiero y me odio por ello.
Mucho se ha escrito y hablado sobre que le lleva a una
persona a acabar con todo. Es de valientes dicen unos, no es de cobardes apuntan
los otros, ambos están equivocados. No es la falta de valentía lo que nos hace
no hacerlo en aquellos momentos en los que estamos a punto, y yo he estado más
de una vez créanme, ni cobardía de no atrevernos a afrontar la vida es
esperanza. La esperanza es la que te lleva a no tirarte por esa ventana cuando
estas sentada en el borde, la esperanza
de que algo va a cambiar, de que como en un cuento un hada madrina va venir a
salvarte y convertir tu lúgubre y triste mundo en un bonito cuento con
príncipes y princesas. En el momento que comprendes que las hadas no existen,
que nada va salvarte que nada nunca cambiará, no hay nada que te impida
hacerlo. Y yo hace tiempo que deje de
creer en la magia.
A mucha gente le consuela pensar que puede haber algo al
otro lado. Creer que después de la muerte existe un lugar donde uno se puede
reunir con sus seres queridos, seguir sintiendo y vivir eternamente les
consuela, a mí me asusta y mucho. Es precisamente lo que yo no quiero, dejar sentir,
solo quiero descansar. No deseo una eternidad, no quiero estar en un lugar
mejor, solo necesito la infinita y fría nada.
Me llamo Ana y esta es mi carta de despedida si estás
leyendo esto es que ya no existo.